
El hombre busca sentido a todo lo que le rodea. Esta parece ser una afirmación bastante compartida por todos. El hombre de la antigua Grecia también lo fue. Necesitó dar una explicación al comienzo del mundo y de la vida, y como hacían egipcios, babilonios, chinos o indios, fue generando pequeñas explicaciones, pequeñas respuestas para todas sus preguntas. Estas respuestas en forma de narración-poética son los mitos. Con los mitos se introducía un cierto orden en el caos; y ese caos no era otra cosa que el constante cambio que observamos en el mundo. Pronto no bastaría el tipo de respuesta que ofrecían aquellas historias de dioses adúlteros y héroes coléricos. El elemento más determinante fue la aparición de la escritura alfabético-vocálica. En Egipto, por ejemplo, la escritura era una tecnología tan compleja que precisaba de un cuerpo social específico para su manejo; los escribas, cercanos a la casta sacerdotal, eran los únicos conocedores de los códigos de escritura que posibilitaban descargar a una cabeza de toda una cantidad ingente de datos. La información se vertía en tablillas de barro cocido y la cantidad de grano que había en un almacén podía ser calculada en todo momento. La escritura alfabeto-vocálica simplifica las reglas de transformación gramatical, y además convierte el lenguaje escrito en una herramienta más precisa (univocidad) que requiere mucha menos interpretación, y por tanto una menor necesidad de crear expertos. ( En Hebreo la ausencia de vocales requiere de un cierto criterio de autoridad para establecer si lo que escribimos es pata, peta, pita, puta, pota, etc). Con estas características, la escritura se convierte en una herramienta mucho más asequible para los ciudadanos de las polis griegas. El carácter de la tradición religiosa griega tampoco requiere de una casta sacerdotal especialmente poderosa que obstaculice la transformación de unas tradiciones a otras. Pero volvamos a la escritura. Esta tecnología de la memoria tiene una peculiaridad que se hace especialmente latente en sus primeros momentos, a saber: lo que escribo está distanciado de mí. Está contenido en un soporte que no es mi memoria. Mi cabeza puede estar en otro lado. Antes de la aparición de este invento, para que me aprovechara el mito (para poder extraer alguna enseñanza de él), mi cabeza debía empatizar con la propia narración. Los antiguos rapsodas utilizaban un tipo de verso que les permitía memorizar grandes pasajes históricos o míticos que aderezaban con multitud de coletillas, de automatismos verbales, que les servían como momento de reposo para recordar lo siguiente. El espectador no se encontraba, espiritualmente hablando, muy distante del rapsoda. No existía diálogo. El rapsoda hablaba y el oyente escuchaba asimilando miméticamente todo lo que el otro le contaba. Con la lectura dialogamos. Leer es como hablar con otro. Es como mantener un diálogo con las palabras que se encuentran en la pantalla del ordenador, del e-book o del libro. Y además, es hacerlo desde una cierta distancia. No necesito empatizar con el contenido de lo que leo, porque ese contenido va a permanecer ahí, va a venir a mis sentidos cada vez que yo lo llame. Esa distancia entre el lector y lo que lee va a ser el origen del espíritu crítico que requiere la filosofía. Con un Aquiles colérico no hay posibilidad de crítica: o empatizo o no empatizo con él; pero es difícil criticar su actitud dentro del torrente de la acción que canta el rapsoda; procedo con él por imitación, e imitando a Aquiles se cómo debe comportarse un guerrero en la batalla, cómo debe repartirse un botín, o cómo debe armarse una nave para el combate y la navegación. En el canto del rapsoda el orden es lo de menos. El principio y el final carecen de importancia.
Con los Diálogos de Platón no necesito empatía. Cada vez que me pierda en alguno de sus argumentos puedo volver al punto inicial, y así hasta llegar a su total comprensión. No tengo por qué imitar a Sócrates; puedo incluso enfrentarme a él, a su escritura, a su análisis, a su crítica, a su pensamiento; y el principio y el final son importantes. Hacer filosofía no es otra cosa.
Con los Diálogos de Platón no necesito empatía. Cada vez que me pierda en alguno de sus argumentos puedo volver al punto inicial, y así hasta llegar a su total comprensión. No tengo por qué imitar a Sócrates; puedo incluso enfrentarme a él, a su escritura, a su análisis, a su crítica, a su pensamiento; y el principio y el final son importantes. Hacer filosofía no es otra cosa.

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